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Abrir en YouTube ↗Debutó con 16 años en el Cine España, creció escuchando cantar a su padre, el cantaor Ildefonso Pinto, y volvió al carnaval tras 28 años con «La plaga». Irene Pinto repasa en «Sigue siendo carnaval», de Canal 5 Televisión, una vida entre el flamenco y la comparsa, y reivindica el lugar de la mujer en la fiesta.
El templo del carnaval
El segundo programa de la temporada abrió con unas declaraciones de Juan Luis Castaño sobre el Teatro Cine España: «De todas las sedes en donde se ha celebrado la muestra de carnaval, me quedo con el Teatro Cine España». Recordó la magia, la música, los disfraces y los reencuentros en el gallinero. «Fue un antes y un después», resumió, y lo llamó «el templo del carnaval».
El programa recordó también la reivindicación de un nuevo teatro, «la historia interminable», ante cuya fachada las agrupaciones cantan cada año en el desfile pidiendo que se termine.
Y después llegó la invitada: Irene Pinto, carnavalera desde muy joven e hija de Ildefonso Pinto, gran cantaor de flamenco de Bollullos. Su relación con la voz y con la música, como dijo el presentador, viene de casa.
1988: tres niños en «Corazón errante»
Irene no tenía relación con el carnaval cuando, en 1988, Loli, la mujer de Diego Martín, se presentó varias veces en su casa para convencerla. Fue su madre quien la animó: «Si no te gusta, te vienes, pero por lo menos ve». Así entró en la comparsa «Corazón errante», de Santiago «el Conejo».
Tenía 16 años y todos eran mayores, salvo otros dos chavales de su edad, entre ellos Juan Luis, el de Encarnita. Los tres hicieron piña, y Santiago los colocó en el centro. «En aquel tiempo llamaba mucho la atención: niños cantando». La comparsa fue «un pelotazo», con una puesta en escena muy bonita y voces nuevas junto a otras veteranas.
De Juan Luis destaca que, años después, empezó su propio camino en solitario con una chirigota de zombis formada por chavales, que también triunfó. «Es un tío versátil en todo lo que lo pongas: sabe tocar la caja, la guitarra, el bombo, canta, te monta las voces, hace letra, hace música. Y siempre dispuesto a ayudar».
La vida en el Cine España
«Aquello era fantástico». El Cine España se llenaba todos los días, y subir al gallinero «era vivir otro mundo», aunque reconoce que, por suerte, nunca pasó nada. Todo el mundo se conocía. Recuerda un año en que se montó una barra en el patio y ella estuvo allí hasta las ocho de la mañana.
No pudo salir todos los años, porque trabajaba en una panadería, pero lo que más recuerda es el ambiente: «Éramos una familia grande. No te quedabas tú solo en tu comparsa: una vez que llegabas al cine, la familia crecía».
Entonces, además, no se enseñaban los repertorios. Nadie escuchaba nada hasta el estreno en el cine. Hoy entiende que se vaya a la muestra que organiza la Tizná, que está haciendo «un camino bueno», pero prefiere guardar siempre algo nuevo para el teatro, aunque sea un pasodoble.
Quien paga una entrada merece un respeto. Tú me tienes que mostrar algo que no has mostrado ya.
Irene Pinto
«Viejo retrato», su comparsa favorita
De todo su carnaval se queda con «Viejo retrato» (1990), en la que salió con Juan Luis y con Eladio. Recordaba el terremoto del año anterior, cuando la gente salió en pijama a la calle. Llevaba a una persona mayor, «el Conejo», que cantaba muy bien. La comparsa era una estampa antigua en blanco y negro, con los aros que los niños arrastraban con un palo o las tetillas que vendía el Canario. «Era un retrato, nunca mejor dicho». No la elige por la letra ni por la música, sino «por lo emblemático, por lo que representaba».
También recuerda, divertida, el año que salió con Joselito vestida de princesa. Con el pelo recogido y el cancán, nadie la reconocía, y alguien le preguntó a su padre si aquella era su hija. «Hombre, si no fuera mi hija, no estaría yo aquí».
Hija de Ildefonso Pinto
En casa de Irene el flamenco era «desayuno, almuerzo, merienda y cena»: su padre se levantaba y se acostaba cantando. Nadie le enseñó; aprendió de escuchar mucho. A él no le gustaba el carnaval: lo suyo eran el flamenco y la Semana Santa. Aun así, cuando ella cantaba en el Cine España, recogía a su madre, entraba siempre por la puerta de la derecha, se quedaba en la esquina, la escuchaba y se marchaba.
De él heredó una forma de entender el cante. «Me gusta el carnaval, pero me gusta lo bien cantado». Y recuerda dos de sus enseñanzas.
El cante no se había hecho para los sordos. El cante se había hecho para el que supiese escuchar.
Ildefonso Pinto, en palabras de su hija
A los niños que aprendían con él les decía que cantar más alto no es cantar mejor: «Vente abajo y modúlame por abajo, verás cómo no eres capaz». Era además muy tolerante: «Hasta de los más malos se aprende». Irene reconoce que ella es más directa, aunque con los años ha aprendido «a contar hasta veinte y hasta treinta».
Su padre llevó a Bollullos por bandera, y el pueblo se lo devolvió: una plaza con su nombre, con un busto, donde se celebran actos. «Bollullos ha querido mucho a mi padre y lo sigue queriendo». Tras superar un cáncer de garganta, siguió enseñando flamenco a los niños sin cobrar nada. El presentador animó a consultar en la biblioteca municipal un libro dedicado a su figura.
«Entiende más el que más escucha»
Irene quiso recordar también a Eladio, el electricista, con quien salió en comparsa: «Siempre riéndose, siempre de buen humor, dispuesto para todo, y tocaba muy bien». Era un gran entendido del carnaval, porque escuchaba mucho. «No entiende más el que más sale en el carnaval. Entiende más el que más escucha».
Por eso aconseja a los jóvenes escuchar el carnaval antiguo, cantar más bajo, con más gusto, e interpretar lo que se canta.
Al cante lo tienes que llevar tú, no el cante a ti. Como el cante te lleve a ti, vas perdido.
Irene Pinto
«Donde no haya mujeres, eso no va para adelante»
Irene no quiso irse sin hablar de las mujeres. En el carnaval de su juventud había muchísimas: en la agrupación de la calle Almarada, en Los Cuarentones, con muchos matrimonios, o en Los Locos, con Frasco e Isabel y sus niños pequeños. Por eso le dolió que, por mirarse en Cádiz, algunas comparsas pasaran a ser solo de hombres. «Mirarte en Cádiz es un error. Cádiz es una capital y esto es un pueblo».
Reconoce que montar una comparsa mixta es complicado: «Cuando el hombre va cómodo, la mujer va incómoda, y al revés». Hacen falta muy buenas voces para unirlas. Aun así, se alegra de que la mujer vuelva a la fiesta, con una comparsa de mujeres y otras que incorporan a una o dos. Y pide a las comparsas que lo intenten.
Las mujeres llevan al hombre. Si queréis desvincular a la mujer del carnaval, creo que estáis en un error.
Irene Pinto
Y no solo para coser: «Las mujeres hoy en día, gracias a Dios, podemos hacerlo todo, y los hombres también. Todos tenemos cabezas pensantes».
Bollullos no es Cádiz
«Cádiz es Cádiz», insiste. «Cádiz no tiene otra fiesta que el carnaval; Bollullos le da a todos los palos». Para ella, Bollullos tiene un carnaval propio y auténtico, que no ha dejado de crecer, y está orgullosa de que se sumen los niños.
Crítica, sí; ofensa, no
Irene defiende un carnaval de crítica constructiva y no le gusta que se señale a nadie en un pueblo donde todos se conocen. Como creyente, se niega a cantar blasfemias: si una letra no la convence, prefiere salirse de la comparsa antes que cantarla, aunque asegura que siempre la han respetado.
Cree que hoy se escribe con más cultura y vocabulario, pero prefiere un lenguaje cotidiano que todo el mundo entienda. Y distingue los temas: los locales solo se entienden en el pueblo, mientras que un tema nacional debe ser muy conocido, como el acoso escolar, la educación, la sanidad o el cáncer.
Sobre el escenario
En su comparsa, la de Miguel de la Rosa, todo está repartido: por encima de ella canta Belinda, que lleva las voces, y Jesús hace la música. Ella aporta su voz flamenca: «Eso lo llevo en el ADN». Con «La plaga», el año pasado, volvió tras 28 años sin salir.
En el escenario se mueve tanto que sus compañeros temían que se le cayera el bastón. Para ella, es su forma de dar las gracias a quien ha pagado para escucharla.
Es la única manera que tengo de demostrarle a esa persona que le agradezco que haya venido.
Irene Pinto
No ha sido un año fácil: entre gripe y afonía, se ha pasado quince días sin poder ensayar, en solares helados.
Gracias a las calles
Irene recordó cómo era el calendario de antes: tras la noche del desfile del sábado, con la caseta abierta hasta las ocho de la mañana, el domingo a las dos de la tarde había que estar vestido para cantar en las calles. «Iba la gente reventada».
Y recordó las calles de entonces, cuando se cantaba en las puertas de las casas y no en los bares. El barrio de Ramón y Cajal, con la madre de Josemi o Culito y sus gambas, donde participaba el barrio entero. La calle Almarada, con María y otras vecinas. Y la calle del Pilar, la de la Luz, el Patio, las Mercedes o Niebla. También a Rosario la carpintera, que recorría el pueblo con su bombo y sus platillos anunciando el carnaval.
Al volver el año pasado tras 28 años, le impresionó el trabajo de las calles actuales. Dan de comer caliente a las agrupaciones y a quienes las acompañan, y lo pagan de su bolsillo. Cita la carpa y la cuota anual de la calle Virgen de las Alegrías, las papas con huevo del Cerrojo o lo que monta la Granja, donde le pidieron repetir su pasodoble sobre el amor entre hombres. «¿Cómo no te lo voy a cantar? Es la única manera que tengo de agradecértelo».
Las calles hacen una labor oscura, sin recompensa de ningún tipo; al revés, gasto nada más.
Irene Pinto
Por ella, añade, ni siquiera haría falta escenario: «Yo cantaría en el suelo», como se hace en Cádiz en las escaleras de la Facultad de Medicina.
Una calle en la plaza de su padre
Irene adelantó, con cautela, una idea que se estaba planteando: una calle ficticia de carnaval, en la plaza de la iglesia del Sagrado Corazón o en la plaza Ildefonso Pinto. Su comparsa propuso la de su padre, y Miguel fue el primero en apoyarlo, aunque se decidiría entre todas las agrupaciones. «Si este año tengo el gusto de cantar en esa plaza, para mí será un orgullo grandísimo».
«Los momentos buenos hay que buscarlos»
Para despedirse, Irene dejó un mensaje: disfrutar y no discutir, porque «la vida son dos días». Lo ilustró con una idea de Manu Sánchez: cuando te dicen que el tiempo del examen ha terminado, ha terminado, aunque vayas por la segunda pregunta.
Los momentos malos vienen solos; los buenos hay que buscarlos.
Irene Pinto
El programa siguió con un fragmento de «La plaga» y cerró con un homenaje a Celestino Cano Martín, «carnavalero y buena persona», al que se le rindió tributo el 8 de febrero de 2020. Al recibirlo, Celestino agradeció el cariño y recordó que podría haberle tocado a cualquiera, porque hay muchísimos buenos carnavaleros.
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