

Siempre fue un transgresor carnavalero.
Lo fue, si lo pensáis, desde chiquillo.
Pues siendo como era un diablillo
se disfrazó, ay dios, de monaguillo
y así, burla burlando, burló al clero.
Ya hombre, se rio del mundo entero.
De lo público y de lo clandestino
y de lo humano y de lo divino;
de todo se reía Celestino
en las postrimerías de febrero.
Y siempre sorprendente, impresionante
y hermoso su disfraz. Nadie ha llevado
tan exquisita y elegantemente
jamás disfraz más trabajado.
Por eso y mucho más, en adelante
siempre serás, oh Cele, recordado.
Ya nada, nada, nada será igual
sin Celestino por el carnaval.
No será igual ya nada, nada nada,
sin su irreverente carcajada.
Moisés Calvo
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